CRESTOMATÍA… El Comunicador
Por Rosario Antonio Ramírez
La política no siempre mata de golpe. A veces prefiere el método más cruel: alargar la agonía. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con Gerardo Octavio Vargas Landeros.
Este lunes 23 de marzo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación volvió a hacer lo que mejor sabe en casos incómodos: patear el balón. La controversia constitucional 206/2025, con la que el exalcalde de Ahome busca regresar al cargo tras su desafuero, simplemente no fue abordada. Otra vez.
No hubo resolución. No hubo debate. No hubo claridad.
Solo silencio… y espera.
El proyecto está ahí, listo, proponiendo declarar inválido el acuerdo del Congreso del Estado de Sinaloa del que el 2 de mayo de 2025 le quitó el fuero y lo sacó de la alcaldía. Pero en política, tener razón —o creer tenerla— no basta. También importan los tiempos. Y los tiempos, hoy, no están de su lado.
Porque esto ya no es solo un asunto jurídico. Es un desgaste calculado.
Cada sesión suspendida, cada tema no listado, cada aplazamiento, coloca a Vargas Landeros en una especie de limbo político: ni dentro ni fuera, ni absuelto ni condenado. Simplemente… en pausa.Y en política, estar en pausa es empezar a desaparecer.
La estrategia es clara: enfriar el tema hasta que pierda fuerza. Que la opinión pública voltee a otro lado. Que el nombre deje de pesar. Que la urgencia se diluya. Es la muerte lenta, sin escándalo, sin estridencias… pero efectiva.
Porque aunque el fallo eventualmente pudiera favorecerlo, la pregunta es inevitable:
¿de qué le serviría regresar cuando el capital político ya esté erosionado?
El poder no solo se gana en tribunales, también se sostiene en el tiempo. Y ese tiempo hoy se le está yendo de las manos.
Mientras tanto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación juega a la cautela, el Congreso del Estado de Sinaloa guarda silencio, y el exalcalde sigue atrapado en una sala de espera donde cada minuto pesa más que cualquier sentencia.
Así opera la política real: no siempre te derrota… a veces solo te deja morir poco a poco.
Y Vargas Landeros lo está viviendo en tiempo real.
¡Es cuanto!


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