septiembre 20, 2026
INVESTIGACIÓN

Gasolina cara y litros incompletos: así te pueden robar al cargar combustible

Una exempleada de gasolinera revela maniobras que, asegura, se utilizan para distraer a los automovilistas y entregarles menos combustible. Profeco, por su parte, ha encontrado dispensarios que efectivamente despachan litros incompletos y ha llevado casos ante la FGR
La Mochila PresenteGeovany Imperial Espinoza

Llegar a una gasolinera parece una operación sencilla: pedir una cantidad, observar el marcador, pagar y continuar el camino.

Pero hay unos cuantos segundos, justo antes de que la gasolina comience a entrar al tanque, que normalmente pasan inadvertidos.

El despachador pregunta cuánto quiere cargar. Después viene otra interrogante casi automática:

“¿Efectivo o tarjeta?”

El conductor responde, busca la cartera, entrega el plástico o comienza a contar dinero. Mientras tanto, la bomba queda fuera de su vista.

Es precisamente ahí donde una exempleada de gasolinera coloca una de sus principales advertencias.

En una entrevista difundida en el podcast de Gusgri, la mujer relata distintas prácticas que, según su experiencia, pueden utilizarse para quitar dinero a los clientes o hacer que reciban menos combustible del que están pagando.

Su relato no constituye una investigación oficial ni significa que todos los despachadores o estaciones operen de esta manera. Sin embargo, toca un problema que sí está documentado en México: las bombas que entregan menos gasolina de la que registran.

Profeco ha inmovilizado cientos de instrumentos de medición y presentado denuncias ante la Fiscalía General de la República después de comprobar faltantes durante verificaciones oficiales.

El problema, por tanto, no es solamente una historia contada frente a un micrófono.

Los litros incompletos existen.

El robo puede comenzar antes de que corra la gasolina

Uno de los puntos más reveladores de la entrevista tiene que ver con algo que muchos automovilistas consideran suficiente: verificar que la bomba marque cero.

La exempleada advierte que no basta con mirar el cero cuando el despachador ya realizó movimientos sobre el equipo.

Según su relato, el cliente debe observar la bomba desde antes de que sea programada la cantidad que pretende comprar. Es decir, llegar y pedir directamente al empleado que coloque el dispensario en ceros mientras el conductor está mirando.

Después, sin apartar la vista, permitir que sea programado el monto o volumen solicitado.

La diferencia parece mínima, pero en el testimonio es fundamental.

La mujer sostiene que determinadas maniobras pueden prepararse precisamente en esos segundos previos al despacho, cuando el cliente todavía está respondiendo preguntas, buscando dinero o decidiendo cómo pagará.

Por eso su recomendación es sencilla:

El cero debe ser visto antes de que se programe la operación, no después.

El parpadeo que recomienda vigilar

Hay otra señal a la que la entrevistada pide prestar especial atención.

Una vez que la pistola está dentro del tanque y el despachador acciona el mecanismo para comenzar a surtir, la numeración de la bomba debería iniciar el conteo desde cero.

La exempleada asegura que, cuando ha existido determinada manipulación previa, la numeración puede comenzar a parpadear antes de avanzar normalmente.

Según su versión, ese comportamiento sería una señal de que la operación pudo haber sido preparada para entregar menos combustible.

Su recomendación es contundente: si al momento de accionar la pistola la pantalla comienza a parpadear de la manera que describe, el cliente debería pedir inmediatamente que se detenga la carga.

Después, solicitar que la bomba vuelva a ponerse en cero y que toda la operación sea reiniciada frente a él.

En el segundo intento, explica, el automovilista debe comprobar nuevamente el cero y observar que, al accionar la pistola, el conteo comience directamente desde ese punto.

Este aspecto requiere una precisión importante.

El parpadeo de una pantalla, por sí mismo, no constituye una prueba oficial de que una bomba esté alterada. Existen distintos modelos de dispensarios y sus secuencias electrónicas pueden variar.

Profeco tampoco establece públicamente que cualquier numeración que parpadee signifique automáticamente un fraude.

Se trata de una advertencia surgida del testimonio de la exempleada.

Pero hay algo que resulta válido independientemente del modelo de bomba: el consumidor tiene derecho a observar todo el proceso y puede solicitar que la operación sea reiniciada si detecta algo que le genere desconfianza.

“¿Va a pagar con tarjeta o efectivo?”

Otra de las situaciones descritas en la entrevista ocurre mientras el cliente apenas está acomodándose frente a la bomba.

“¿Efectivo o tarjeta?”

La pregunta es completamente normal dentro del servicio de una gasolinera.

Lo que denuncia la exempleada es la manera en que esa conversación puede utilizarse, en determinados casos, para distraer al automovilista.

De acuerdo con su versión, mientras el cliente busca la tarjeta, cuenta billetes, revisa su cartera o mantiene una conversación con el despachador, puede dejar de prestar atención a los movimientos realizados sobre el dispensario.

La entrevistada incluso sostiene que conocer la forma de pago podría formar parte de la manera en que algunos trabajadores deciden cómo ejecutar determinadas maniobras.

Es una afirmación que corresponde exclusivamente a su testimonio y que no puede generalizarse a los trabajadores de las estaciones de servicio.

Pero plantea una recomendación elemental.

No importa si se pagará con tarjeta o efectivo: primero hay que comprobar que la carga haya comenzado correctamente.

Después se puede sacar la cartera.

Porque mientras el automovilista mira hacia otro lado, la única persona observando y manipulando el equipo es quien despacha el combustible.

De 100 en 100, la suma puede llegar a miles

Otro de los señalamientos relevantes de la entrevista está en el dinero que, de acuerdo con la exempleada, puede acumularse durante una jornada cuando estas maniobras se repiten con distintos automovilistas.

La mujer sostiene que no necesariamente se trata de quitar una gran cantidad a una sola persona.

Ahí estaría precisamente una de las claves.

Una diferencia de 100 o 200 pesos puede pasar inadvertida para un cliente, especialmente cuando desconoce con exactitud cuánto combustible debía recibir o simplemente confía en lo que observa en la pantalla.

Pero repetida varias veces durante el día, la cantidad cambia de dimensión.

Si una maniobra representara 100 pesos en perjuicio de cada uno de diez clientes, la suma alcanzaría mil pesos en una sola jornada.

Si fueran 200 pesos por cliente, con esos mismos diez automovilistas serían 2 mil pesos.

Y si el procedimiento se repitiera con más personas, el monto seguiría creciendo.

Según el relato de la exempleada, de esta manera pueden acumularse miles de pesos diarios que quedan fuera de la operación normal de venta de combustible.

Es una acusación seria y, nuevamente, corresponde al testimonio de la entrevistada.

No existe en la entrevista una auditoría que permita establecer cuánto dinero obtiene realmente un despachador o cuántos trabajadores participan en estas prácticas.

Pero la aritmética explica por qué un aparente faltante pequeño no debe minimizarse.

El daño puede parecer reducido visto desde un solo vehículo.

Multiplicado por diez, veinte o más clientes, deja de serlo.

Y para cada automovilista la afectación es la misma: pagó una cantidad determinada y, de comprobarse la maniobra, una parte de ese dinero no se convirtió en gasolina dentro de su tanque.

El cliente distraído es el más vulnerable

El celular, la cartera, una conversación o incluso limpiar el parabrisas pueden parecer acciones sin importancia.

Pero todas tienen algo en común: apartan la atención de la bomba.

Un despachador que trabaja diariamente con esos equipos conoce perfectamente sus controles, los tiempos de operación y la reacción habitual de los clientes.

El conductor, en cambio, probablemente utiliza una bomba de gasolina unos cuantos minutos a la semana.

Esa diferencia de conocimiento coloca al consumidor en desventaja cuando existe intención de engañarlo.

Por eso el consejo de “fíjate que esté en ceros” se queda corto.

Hay que mirar antes, durante y hasta que termine el despacho.

Cuando no es el despachador: la bomba también puede entregar menos

Las maniobras narradas por la exempleada corresponden al comportamiento de personas.

Pero existe otro problema mucho más difícil de detectar.

Una bomba puede mostrar aparentemente una operación normal y aun así entregar menos combustible del que registra.

En ese caso, observar la pantalla no basta.

Profeco documentó durante 2025 distintos casos de dispensarios que entregaban cantidades inferiores a las marcadas.

Durante operativos extraordinarios realizados junto con la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente, fueron verificadas 230 estaciones, se inmovilizaron 780 instrumentos de medición y se presentaron 43 denuncias ante la Fiscalía General de la República relacionadas con la venta de litros incompletos.

En algunos establecimientos, las diferencias fueron considerables.

En Irapuato, Guanajuato, se detectó un instrumento que entregaba 871 mililitros menos por cada 20 litros.

En Tlaxcala, una de las verificaciones encontró un faltante superior a un litro por cada 20 litros despachados.

Ahí ya no existía una apreciación subjetiva del conductor.

Había una medición oficial.

El cliente pagaba 20 litros.

Al tanque llegaban menos.

Sinaloa tampoco ha estado exento

Las verificaciones alcanzaron también a Sinaloa.

En julio de 2025, Profeco y ASEA realizaron inspecciones en estaciones de servicio de Mazatlán.

Durante esas acciones fueron inmovilizados instrumentos y uno de ellos presentó irregularidades relacionadas con el volumen despachado, lo que dio lugar al procedimiento correspondiente.

El dato no permite afirmar que todas las gasolineras de Mazatlán, Sinaloa o México trabajen de manera irregular.

Sería irresponsable hacerlo.

Pero sí confirma que las fallas y alteraciones en el despacho de combustible no son un problema imaginario.

Han sido encontradas mediante pruebas oficiales.

La pantalla puede decir 500 pesos; eso no mide lo que llegó al tanque

Uno de los errores más comunes del consumidor es confiar completamente en la cifra que aparece frente a él.

El automovilista pide 500 pesos.

La bomba termina exactamente en 500.

Paga.

Y se marcha.

Pero esa pantalla muestra lo que el sistema contabiliza como vendido.

El conductor no cuenta con un instrumento para conocer en ese momento el volumen exacto que realmente llegó a su tanque.

Precisamente por ello Profeco realiza pruebas con medidas volumétricas certificadas.

Es la comparación entre lo que registra el dispensario y lo que realmente entrega lo que permite descubrir los llamados litros incompletos.

Cuando la diferencia supera los márgenes permitidos, el instrumento puede ser inmovilizado.

Las bombas también pueden ser manipuladas electrónicamente

Los dispensarios actuales son sistemas electrónicos.

Registran volumen, precio, importe y otros datos relacionados con cada operación.

La Norma Oficial Mexicana establece requisitos para estos instrumentos y contempla pistas de auditoría destinadas a registrar determinadas modificaciones, accesos y ajustes.

La existencia de estos controles tiene una razón.

La manipulación electrónica de las bombas no es una posibilidad meramente teórica.

Profeco ha encontrado anteriormente software utilizado para alterar el despacho de combustible, incluido el mecanismo conocido públicamente como “rastrillo”, diseñado para modificar la cantidad entregada.

En esos casos el problema rebasa por completo al despachador que pregunta si el cliente pagará con tarjeta.

La irregularidad puede encontrarse dentro del propio sistema.

Dos formas distintas de perder dinero

El automovilista enfrenta entonces dos escenarios diferentes.

En uno, el dispensario funciona correctamente, pero una persona podría aprovechar la distracción del cliente para realizar una maniobra irregular.

En otro, el empleado puede desarrollar aparentemente todo el proceso con normalidad, pero la bomba está entregando menos combustible.

Para el cliente el resultado económico termina siendo el mismo.

Pagó por algo que no recibió completo.

Y con los precios actuales de los combustibles, cada mililitro que falta también sale del bolsillo del automovilista.

Qué hacer desde que llegas a la bomba

La mejor defensa comienza antes de abrir la cartera.

Al llegar, hay que identificar el dispensario y observarlo.

Pedir la cantidad deseada y comprobar personalmente que la bomba sea colocada en cero antes de que el trabajador programe el monto.

Después hay que mantener la vista en la pantalla.

Cuando la pistola sea colocada dentro del tanque y comience el despacho, observar cómo inicia la numeración.

Si ocurre algo que resulte extraño —incluido el parpadeo descrito por la exempleada en la entrevista— el consumidor puede solicitar que la operación se detenga y sea reiniciada desde cero.

Si preguntan “¿efectivo o tarjeta?”, se puede responder.

Pero la cartera puede esperar unos segundos.

Primero la bomba. Después el pago.

También resulta conveniente pedir el ticket, identificar el número del dispensario y conservar los datos de la estación cuando exista alguna sospecha.

No necesitas demostrar el fraude para denunciarlo

Un consumidor común no tiene por qué cargar una medida de 20 litros en la cajuela ni realizar una prueba técnica por su cuenta.

Esa es labor de la autoridad.

Si existen sospechas razonables sobre una estación, pueden proporcionarse a Profeco los datos del establecimiento, su ubicación, número de bomba y los hechos observados para solicitar una verificación.

Será la Procuraduría la encargada de comprobar mediante instrumentos certificados si el volumen entregado corresponde al registrado.

Ese punto es importante porque muchas irregularidades pueden pasar años sin detectarse si ningún consumidor las reporta.

Gasolina cara… y todavía incompleta

El precio del combustible ya representa una carga cotidiana para millones de automovilistas.

Que además exista la posibilidad de pagar litros que nunca llegaron completos al tanque convierte el problema en algo más serio que una simple diferencia de centavos.

La entrevista de una exempleada abre una ventana hacia prácticas que, según su relato, ocurren mientras el cliente permanece frente a la bomba sin darse cuenta.

No todas esas afirmaciones han sido comprobadas de manera general ni pueden trasladarse a todos los despachadores.

Pero las verificaciones oficiales aportan el otro lado de la historia: Profeco sí ha encontrado instrumentos que entregan menos combustible, ha inmovilizado bombas y ha presentado denuncias por litros incompletos.

Y el señalamiento sobre pequeñas cantidades repetidas durante una jornada agrega otra dimensión: 100 pesos pueden parecer poco frente a una sola carga; cobrados irregularmente a diez clientes representan mil. Si son 200 pesos, la cifra sube a 2 mil.

El posible negocio está precisamente en la repetición.

Por eso, cuando llegue la próxima vez a una gasolinera, el consejo puede resumirse en una secuencia muy sencilla:

Primero mire el cero.

Observe cómo programan la carga.

No aparte la vista cuando accionen la pistola.

Y sólo después saque la cartera.

Porque la gasolina ya es suficientemente cara como para terminar pagando, además, por litros que nunca llegaron al tanque.

 
 

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